Hoy día la presencia de la ciencia y la tecnología en las sociedades contemporáneas es generalizada. Podemos decir sin temor a equivocarnos que la Ciencia es la mayor institución de nuestra sociedad, uno de sus más importantes elementos estructurales, un constituyente esencial de nuestra cultura. Vivimos rodead@s de productos tecnológicos y el conocimiento generado por la ciencia permite resolver multitud de problemas, aprovechar los recursos naturales y energéticos de manera más eficiente y salvar vidas gracias a los espectaculares avances en las ciencias biomédicas que ahora nos prometen la superación de las enfermedades e incluso de la vejez en un futuro posthumano cada vez más cercano. Es cierto que la ciencia y la tecnología quedan inevitablemente asociadas también a los temores de la población ante los riesgos nucleares y militares, a la contribución de ciertas tecnologías al deterioro medioambiental o al cambio climático y a los riesgos inherentes a las prácticas de la ingeniería genética, por citar solo algunos ejemplos. Pero si preguntamos, ¿para qué sirve la ciencia? la respuesta suele ser también directa: sirve para ofrecer respuestas a la curiosidad humana sobre el funcionamiento del mundo, debe solucionar los problemas que requieren la puesta en práctica de las mejores habilidades humanas cognitivas y pragmáticas, debe mejorar las condiciones de vida de todos los seres humanos, y debe guiar nuestras decisiones en multitud de ámbitos. La ciencia proporciona modelos adecuados, aunque falibles y perfectibles, representaciones de la realidad, que nos permiten explicar e intervenir en el mundo. Y proporciona, además, un modelo de racionalidad para el análisis, evaluación y procesos de tomas de decisión en la sociedad y nuestras vidas en general. Esa es su grandeza.

 

Las mujeres no han estado al margen del desarrollo de la ciencia y la tecnología, al contrario, a pesar de su relegación al mundo de lo privado y lo doméstico, de su invisibilización, desde antiguo contribuyeron al desarrollo de los conocimientos. Nombres como Hipatia de Alejandría, Theano, Sophie Germain, Madame du Chatelet, Mary Somerville, Emmy Noether, Marie Curie, Lise Meitner, Jocelyn Bell, Rosalind Franklin, Vera Rubin y un largo etcétera han contribuido con sus teorías y experimentos a incrementar nuestra comprensión del mundo. Cada vez más conocemos sus aportaciones y desde hace ya décadas las instituciones europeas promueven la presencia de las mujeres en el campo de la ciencia y la tecnología. Y más del 50% del alumnado que accede a la formación superior hoy en día son mujeres.

Sin embargo, el porcentaje de mujeres científicas en las instituciones y centros de investigación sigue siendo muy bajo. El último informe de la Comisión Europea She Figures 2015 muestra que el porcentaje de graduadas universitarias en la UE es del 60%, una situación que se convierte en paritaria en el nivel de doctorado, momento a partir del cual los porcentajes caen en picado hasta el actual 21% de mujeres en el nivel más alto de la academia. La situación difiere ostensiblemente si observamos los datos en el ámbito de las ingenierías (28%) y en particular de la ingeniería informática, donde las graduadas son apenas el 20%, porcentaje que va cayendo también al observar el nivel de doctorado y carrera docente e investigadora. En las diferentes profesiones relacionadas con la ciencia y la tecnología menos del 40% son mujeres y ocupan los espacios y niveles menos considerados socialmente y en los que la brecha salarial es un hecho. Situación que se agrava en la actual industria de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), donde la competitividad máxima se suma al contexto androcéntrico y excluyente (un auténtico desalojo de las mujeres de este ámbito como muestran muchos estudios e informes).

Dos mitos siguen estructurando las visiones generalizadas en nuestra cultura sobre las mujeres en relación a las tecnologías y especialmente las (TIC): Las mujeres tienen poca relación con la tecnología, ya que esta se entiende como conjunto de máquinas o artefactos más o menos sofisticados técnicamente que requieren de habilidades no desarrolladas por las mujeres (o que no son propias o no les interesan). Y las mujeres tienen miedo a la tecnología, no se relacionan de forma tan natural y eficiente, e incluso emotiva, como ellos (lo cual puede ser contestado acudiendo a la propia historia de la tecnología).

 

Las mujeres se encuentran un sistema (ya sea el de la educación o el trabajo) que, de forma más o menos sutil, las trata como menos competentes, como extrañas. ¿De dónde proviene esta desautorización? No hay espacio aquí para reconstruir la historia de la desautorización o devaluación de las mujeres y de sus capacidades cognitivas en nuestra cultura, aunque podríamos retrotraernos hasta Aristóteles y sus afirmaciones sobre las mujeres como seres inferiores y la definición de sus facultades deliberativas como imperfectas. Algo que también consideró el científico S. Hawking en unas declaraciones de 2005 (El Mundo, 29-09-2005) en las que “consideraba razonable pensar que las mujeres están menos capacitadas para las matemáticas y la física”. Se refería a diferencias innatas, ya que de otra forma no era posible explicar, a su juicio, por qué en la actualidad no había más mujeres en esos ámbitos, cuando ya los impedimentos para el acceso a las Universidades no existían. Más de veinte siglos de configuración de nuestra cultura, y de conceptualización de lo femenino como inferior, refuerza una y otra vez la idea de que tenemos cerebros diferentes (y que diferente significa inferior en el caso de las mujeres, ¡claro!). El feminismo académico, los estudios de ciencia y género han mostrado cómo los mecanismos que están a la base de la desautorización de las mujeres: prejuicios, valores androcéntricos, sesgos sexistas, están presentes también en la ciencia y la tecnología, en sus instituciones y en sus teorías. Pero es también la propia ciencia la que muestra con relevantes estudios empíricos que no hay diferencias significativas entre nuestros cerebros, al menos no hasta el punto de poder identificarse un “cerebro masculino” y un “cerebro femenino”. En realidad, el cerebro es un complejo y único mosaico de elementos y conexiones neuronales que se configuran con la educación y la experiencia, siempre en continua transformación (Neurociencia, nota en El País 01-12-16).

           

Nuestra cultura sigue excluyendo e infravalorando la presencia de las mujeres en el conocimiento al considerarlas menos capaces mentalmente y esa es también la raíz de la dinámica de exclusión de las mujeres del núcleo de nuestra actual cultura tecnológica y del ciberespacio, que produce, transmite y reitera narrativas del sujeto “autorizado de la ciencia” y hace invisibles los discursos y las experiencias de las mujeres. Los mitos y las imágenes que estructuran nuestras visiones de la tecnología continúan transmitiendo la imagen de los hombres como agentes autorizados del desarrollo tecnológico y las mujeres como sujetos no interesados ​​en ella.

 

A la multitud de causas que defender y por las que luchar que llevaron a las mujeres a participar en las multitudinarias marchas de final de enero en Washington, Chicago, Londres y muchas otras ciudades de todo el mundo, emulando las históricas marchas del siglo XX por la conquista del voto y los derechos de las mujeres, se sumaba también la lucha por la igualdad en la ciencia y la tecnología. Y sin duda, cada 8 de Marzo también seguirá siendo reivindicada, al tiempo que celebramos los avances. Será finalmente este, ¿el siglo de las mujeres?.

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Inmaculada Perdomo es Doctora en Filosofía de la Ciencia, Profesora Titular de la Universidad de La Laguna en la Sección de Filosofía de la Facultad de Humanidades e imparte docencia en Historia y Filosofía de la Ciencia y en Ciencia, Tecnología y Género en los niveles de Grado, Máster y Doctorado.Es directora del Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres (IUEM) mperdomo@ull.es