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El Sexo en el Otoño de nuestras vidas

El Sexo en el Otoño de nuestras vidas   Existe un populismo con el que se criaron nuestras madres y abuelas  y, para variar, no conozco símil o metáfora parecida en el caso del hombre: “Perder la

El Sexo en el Otoño de nuestras vidas

 

Existe un populismo con el que se criaron nuestras madres y abuelas  y, para variar, no conozco símil o metáfora parecida en el caso del hombre: “Perder la flor”. Ese momento en el que perdemos la virginidad y pasamos de niña a mujer. La primavera ha llegado a nuestras vidas.

 

Y parece que una vez perdida nuestra flor, nuestra función pasa a ser la de “Rameras”. Y digo rameras en el sentido de mujeres que crean ramos y ramos de flores erigidos de su propia flor. El sexo como fuente de procreación, nuestra labor está cumplida: hemos florecido y dado frutos que, a su vez, darán nuevos frutos. Y conlleva tanto tiempo cultivarlos y cuidarlos que cuando ya maduran, pasamos del estío de nuestra sexualidad, al hastío de ella misma. Llega entonces el otoño de nuestras vidas.

 

Los adultos de hoy pertenecen a una generación, donde la vida sexual pertenecía al ámbito de lo privado y consistía, habitualmente, en la “satisfacción” por parte del hombre y la “disponibilidad” por parte de la mujer. Así que muchas de esas mujeres no es que pierdan la líbido con la menopausia, sino que pasan de una excusa a otra. Sí, queridos… del eterno dolor de cabeza a la sequedad vaginal… Todo para dejar de practicar sexo con esos maridos que nunca se han preocupado de que ellas disfrutaran. En el caso del hombre, no pasa algo muy diferente, ellos que han vivido su virilidad tan unida al poder de su pene, no saben aceptar las consecuencias de la andropausia, ya “su arma” no es tan potente, no dispara como antes. Esto les avergüenza y dejan de sacarla a pasear. Y sin darnos cuenta, ha llegado nuestra “hibernación sexual”.

 

En nuestra sociedad existe una actitud negativa hacia la expresión sexual de los mayores, es vista como tema tabú, es objeto de variados prejuicios y se piensa que pierden todo el interés sexual cuando envejecen, o peor aún, que son pervertidos si continúan teniendo relaciones sexuales (¡Será viejo verde! !Vieja loca! ¡Asaltacunas!).

 

Así, esta hipócrita sociedad nos dicta cuándo debemos disfrutar del sexo, no por placer, sino por edad. Y esta es la franja que va de los 18 años – día después de los 17 en el que está permitido que “pierdas la flor” –, a los 60 años -día después de los 59 en el que, aparentemente, “tu flor se marchita”-.

 

El ser humano se ha enfrentado de forma súbita a una prolongación de su vida con escasos conocimientos de su capacidad fisiológica a nivel sexual, pero con un patrón cultural donde se integran rígidos conceptos sobre sexo que muchas veces resultan falsos. Uno de esos conceptos equivocados es el que plantea que la actividad sexual debe desaparecer en la edad avanzada y, por tanto, desearla o tener fantasías sexuales después de los 60 años no es natural, fisiológico, moral o socialmente bien visto. Sexualmente resulta un factor de ansiedad llegar a la edad madura.

 

Obviamente, la fisiología sexual sufre cambios con el envejecimiento: la excitación es más lenta, la lubricación y la cantidad de semen se reducen, la turgencia de la erección es menor y algunas enfermedades o medicamentos pueden afectar a nuestra capacidad sexual. En muchas ocasiones, estos síntomas nos inquietan y llevan a una errónea interpretación de estos cambios, lo que provoca el comienzo de trastornos en la función sexual: El hombre es más propenso a mostrar síntomas de angustia anticipatoria sobre su desempeño sexual, y la mujer sobre su atractivo sexual.

 

¿Cuál es entonces la realidad?

La realidad es que el ejercicio de la sexualidad es una expresión biológica y afectiva, erótica y moral, inherente al ser humano y como tal, parte integrante de nuestra calidad de vida.

La realidad es que el potencial sexual puede permanecer hasta la muerte aún cuando sea alterado por los cambios propios del envejecimiento.

La realidad es que la actividad sexual contribuye a retardar el declive con la edad y que algunas pérdidas fisiológicas, supuestamente inevitables, sean más reversibles de lo que imaginamos.

La realidad es que el mundo de los sentimientos no sufre ningún proceso de deterioro con la edad, y el deseo de vivir conscientemente la sexualidad persiste.

En consecuencia, los individuos que mostraban poca inclinación hacia el sexo en su juventud tienden a abandonar este tipo de actividad y ocultarse bajo la protección de la edad. Y aquellos con intereses sexuales activos continuarán siendo activos con las limitaciones impuestas por la

capacidad física.

Lo importante es entender que en el sexo las personas no cambian, sino que envejecen

 

Por: Ana Paredes

Sexóloga

 

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