Aires convulsos de mujer: escucha… y lucha

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Aires convulsos de mujer: escucha… y lucha

La persona de la que más he aprendido en mi vida es de una mujer, mi madre. Solo me hace falta sentarme a la mesa con ella y escucharla atentamente.

Mamá… cuéntame… ¿quién eras de pequeñita? Mil veces me lo ha contado y un millón más estaría encantada de oír sus aventuras y desventuras. Me gusta tanto como me duele imaginarla en esa época. Es tan modesta que nunca se ha dado cuenta de la gran fortaleza que poseía, y posee. De la gran mujer que ha sido, y es. De cómo luchó por las injusticias que sufrió y aún continúa sufriendo, siendo la mayoría de las veces inconsciente de ellas porque a mi madre, como a la tuya, la vida la educó en el sacrificio, pero ella nunca pensó que todo esto le pasaba por ser MUJER.

A los siete añitos mi madre se subía a una banquetita para fregar la loza de casas donde a ella y a su hermana las alojaban para que se encargaran de las tareas del hogar. De manitas con su hermana recorría el Camino Largo de La Laguna con un palito, que llevaba anudado una bolsita con su ropa, cada vez que en alguna de esas casas algún hombre intentaba sobrepasarse con ellas. Y vuelta a empezar, para comer. Su madre se separó de su padre y se volvió a casar con otro hombre, así que tanto ella como su hermana tuvieron que salir del “hogar familiar”.

Como ella dice “Gracias a Dios” tuvo siempre el apoyo y la protección de otra gran señora, su tía y la que siento mi “segunda madre”, que siempre la cuidó y nos cuidó. Dos mujeres que no pudieron estudiar, pero que no les hizo falta para ser muy sabias en la vida, dos ejemplos de fortaleza y sensibilidad sin igual, dos grandes ejemplos de las que me siento no tan solo tremendamente orgullosa, sino plenamente afortunada de que hayan formado y formen parte de mi vida. GRACIAS, y perdón que no se las dé a Dios, porque os las quiero dar a vosotras. Gracias por enseñarme a no sentirme menos que nadie por lo que tenía entre mis piernas, o por lo que pesaban mis bolsillos.

Nuestras madres crecieron en una sociedad donde las mujeres menores de 25 años no podían abandonar el domicilio familiar sin permiso del padre, salvo para casarse o para ingresar en un convento (art. 321 del Código Civil), y cuando ya habían contraído matrimonio, estaban obligadas a presentar la llamada “licencia marital” para trabajar, ejercer el comercio, ocupar cargos públicos u obtener el pasaporte. Ellas supieron de esos relatos que se contaban de algunas mujeres, mujeres valientes (o locas como otros las llamaban) que se habían enfrentado a hombres para cambiar la historia.

Mujeres que consiguieron el derecho a votar, que entraban a la universidad, que podían opositar, que ocupaban cargos políticos, que podían trabajar sin necesitar el permiso de su padre o de su marido, que podían divorciarse y denunciar ser víctimas de violencia o agresión porque habían aprendido que su cuerpo había dejado de ser un “bien” adquirido por otros. Ellas son las que tuvieron que enfrentarse por primera vez a decir NO. No a ser objetos sexuales desde la infancia. NO a tener relaciones sexuales con su marido porque la ley antes les obligaba a hacerlo. Ellas continuaron escribiendo la historia que esas otras iniciaron, y nos toca a nosotras asumir el legado.

Como cada año en este mes de marzo, mes de la mujer y mes de “Más Mujer”, me gusta invitarte a que seas crítica con esta época convulsa marcada por nuevas tendencias de políticas conservadoras, retrógradas y machistas, alentadas más por un deseo social de cambio, que por conciencia social de las consecuencias de ese cambio, sobre todo para la mujer.

Como cada vez que escribo, practico mi libertad para transmitir ideas que en el fondo no van de política, van de moral y de memoria histórica no selectiva. Van de mostrar más inteligencia tácita para no solo ser conscientes de haber adquirido un “saber” de nuestra historia, sino ser capaces de “aprender de ese saber” que a lo largo de nuestra historia hemos adquirido, para no volver a cometer los mismos errores.

Quiero poder mirar atrás y sentir que ese sacrificio de las mujeres de mi vida, y de nuestra vida, ha valido la pena, ha cambiado la historia, ha aprendido y ha enseñado.

Me da miedo pensar que es más fácil cambiar la legislación, que la mentalidad. LUCHA para que no siga doliendo ESCUCHAR.

Por Ana Paredes – Psicóloga

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