Terapia de pareja

¿Por qué no ha salido así mi relación? ¿Por qué no es perfecta como parecen tantas otras?

Los seres humanos necesitamos amar y ser amados. Precisamos del contacto con nuestros iguales, el sentido de pertenencia tanto a un grupo como a una persona. Por ello, invertimos mucho tiempo de nuestra vida en buscar el amor, desearlo, anhelarlo, encontrarlo para llegar a sentir la inmensa felicidad de “dejar de estar solos”. Queremos ser la “prota” de una de tantas pelis de amor que vimos. Ser la musa de tantas fotos de Facebook que envidiamos (que es lo mismo que las pelis de toda la vida, pero en “versión .0”).

¿Por qué no ha salido así mi relación? ¿Por qué no es perfecta como parecen tantas otras?

Cuando en mi despacho recibo a parejas que quieren iniciar un proceso de terapia siempre les advierto que, aparte de la necesidad de desmitificar estas expectativas ficticias sobre el amor romántico, puede que este proceso terapéutico no salve su relación, pero sí a ellos mismos. Tal vez, lleguemos a la conclusión de que la mejor manera de amarse a sí mismos sea aceptar que han dejado de amar al otro, o quizás que no le saben amar sin pretender cambiarle.

La terapia de pareja es un trabajo harto complicado. Tienes a dos personas delante de ti ávidas de convencerte de que solo es uno de ellos el que tiene toda la razón, y tú pareces ser la persona que posee la potestad necesaria para convencer al otro de esto. Es este un vicio difícil de regular, pues cada uno cree que solo necesita el cambio del otro para entonces, ser feliz en pareja.

Por mi parte, mientras permito el desahogo mutuo de la rabia y frustración acumuladas (suele pasar que hay un miembro de la pareja que habla más que el otro y esto ya te da pistas), observo el lenguaje tanto verbal como no verbal de cada uno de ellos, sus habilidades de expresión, de negociación, la forma en la que intentan resolver el conflicto o la forma en la que lo alargan hasta el infinito y más allá, porque no creen poder resolverlo si no es porque el otro le da la razón al uno, y viceversa.

Como ya he escrito en anteriores ocasiones, considero que la comunicación es la base de casi todos nuestros problemas, por no decir de todos. Ya sea nuestra comunicación interpersonal (la que tenemos con nuestros padres, hijos, compañeros, amigos, pareja), o nuestra comunicación intrapersonal (la que tenemos con nosotros mismos), la que normalmente nadie escucha y que tristemente suele ser menos amable que la que tenemos con los demás.

En el caso de la pareja se unen ambas comunicaciones, la propia y la que se tiene con el otro. Por lo tanto, el trabajo es doble. Es fundamental interiorizar este aspecto como esencial y hacernos responsables de ello para planificar la resolución de nuestros conflictos. Cuidado, parece fácil, pero no lo es. El bloqueo y resistencia para no tener que mirarme el ombligo y seguir culpando a mi pareja de mis problemas sin responsabilizarme yo de ellos puede ser espartana. Nos encumbramos cual Diosa griega de la justicia con nuestra espada, nuestra balanza y nuestra venda en los ojos y, con total ausencia de ecuanimidad, determinamos que nuestra pareja no tiene razones para sentirse así, por lo tanto, es él o ella el que tiene un problema.

Debemos abandonar el hábito a juzgar los sentimientos del otro como válidos o no. Da igual si creemos que el otro tiene o no razones para sentirse como se siente, el hecho es que te guste o no, se siente así y esto supone que la relación (ese vínculo que creamos un día lleno de expectativas e ilusiones ideales para toda la vida) tiene un problema. Mirar para otro lado o enfadarnos no hace que desaparezca. Toca responsabilizarnos de ello porque su solución depende de dos, no de uno.

Para solucionar un problema debo entender cuál es realmente su causa. Y esta, aunque a veces no lo detectemos, siempre es una emoción que normalmente no sabemos gestionar (tristeza, miedo, ira) y no el hecho en sí que ha provocado esta emoción. Por ejemplo, normalmente diremos que “mi problema es que mi pareja me ha abandonado”. Sin embargo, lo que realmente me supone un problema es que “yo me siento abandonada” y entonces creo que si mi pareja no vuelve nunca seré feliz, me quedaré sola, ya habrá pasado el tren de mi vida y blablabla… Estas creencias son realmente mi problema.

Recordemos, es nuestra relación la que tiene un problema y nosotros en equipo debemos buscar las soluciones. Esto incluye “negociar” con un fin, ceder ambos y ser constantes en ejecutar las soluciones negociadas en el día a día para conseguir el deseado cambio.

Cuidado, no vayamos a pasar de la inmensa felicidad de “dejar de estar solos” a la temida “soledad de dos en compañía” (Ramón de Campoamor).

 

Por: Ana Paredes – Psicóloga

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